
Me comentó una amiga que entiende de estas cosas que yo soy un single, lo que según ella está muy de moda. Pensé que me estaba hablando de discos; y respondí que siempre he preferido los L.P., que traían más canciones que los singles, pero resultó que no iba sobre eso la conversación. Según un artículo publicado por Andrés Pérez en la revista Foreign Policy, que a su vez se basaba en datos del INE, el número de hogares con una sola persona en España aumentó un 82 por ciento en la década anterior. Al parecer, los responsables de marketing orientan campañas de sus productos hacia los singles, porque tienen más pasta para gastar en cosas inútiles, concretamente unos 2.300 euros más al año, porque normalmente no tienen niños, que generan muchos gastos. Intrigado por el tema, me puse a investigar, me enteré de que había una página web sobre el tema, me puse viejos capítulos de Ally McBeal y Sexo en Nueva York, y recuperé una vieja pero excelente película noventera, que se titulaba precisamente Singles, lo que me hizo plantearme, por cierto, qué fue de mi adoradísima Bridget Fonda, que no estrena película desde El beso del dragón, del ya lejano 2001.
Al final llegué a la conclusión de que no. Que no soy un single. Yo soy un solterón de los de toda la vida. Hace diez años cuando me preguntaban decía que era soltero, pero ahora es justo reconocer que lo que soy es un solterón, de esos que se han quedado 'para vestir santos', y a los que se les ha pasado el arroz. Por ejemplo, nadie calificaría de singles a la señorita Rottenmeier, a Miss Marple, o al Papa Benedicto XVI, así que a mí tampoco se me puede llamar así. Yo soy solterón como las hermanas de Marge Simpson o la Doña Rosita, de Lorca.
No es exactamente lo mismo ser un solterón, que un single. Se supone que los singles son esos que visten bien, se les califica de metrosexuales, y por tanto se cuidan para mantenerse jóvenes. Yo visto de cualquier manera, pues apenas me preocuparía la ropa si no fuera a hacer frío por la calle, y las cremas que despiertan mi interés no son precisamente las cremas cosméticas, sino más bien las cremas comestibles, como la crema de calabacín, o la de los pasteles de crema. De tener más dinero que los padres de familia, en mi caso, nada de nada. ¡Si no llego a fin de mes! !Qué digo a fin de mes! No llego ni al quince, desde la entrada en vigor de los euros. Además, se dice que un/a single es uno/a que aprovecha que está solo para ligar y llevarse chicos/as a su casa. Al parecer es la máxima ventaja del single y por lo que suelen envidiarle los que tienen pareja: absoluta libertad en el terreno sexual. Pero yo nunca he ligado nada de nada. Es más, en mi bloque de edificios, alguno que está casado, ha conseguido llevarse más rolletes a su casa de 'estrangis' que yo. Parece que los casados dan más morbo, porque si alguien se ha preocupado por echarles el lazo, será por algo, mientras que los solterones somos como los restos de serie, de esos que venden en Zara, porque tienen taras, es decir, que a lo mejor estamos un poco 'tarados'. También parece que los singles son independientes, y no necesitan a nadie para ser felices, pero a mí me da pereza hasta hacerme una ensalada para acompañar a la comida, si no tengo con quién compartirla, o comprarme un roscón de reyes para mí sólo.
Por último, parece que los singles van a fiestas estupendas, como Carrie Bradshaw, e incluso existen locales concebidos únicamente para ellos, y allí, practican sus propias diversiones, como el speed-dating. El speed-dating es una cosa muy extraña, como se puede comprobar en la divertidísima pero excesivamente sincera La edad de la ignorancia, donde el protagonista conoce con ese método con una mujer que le lleva a un pueblo donde todos van vestidos como en la Edad Media. Consiste en conversar en turnos de siete minutos con otras personas. Cuando acabas de conocer a todas las chicas, marcas con una 'X' si existe alguna a la que quieres volver a ver. Si resulta que ella también te ha marcado a ti, os vuelven a juntar. Pero yo no acabo de ver este método. Como soy un poco particular, la mayor parte de las chicas se aburrirían de mí en dos minutos, y tendríamos que pasarnos los otros cinco mirando a los lados disimuladamente. Además, seguro que yo las marco a todas, y ninguna me marca a mí.









